Buitre

Fotografía: la objetivación como mecanismo de re-humanización (y II)

Por Mary Rodríguez

#LaMiradaComentada

La acción fotográfica se constituye como un proceso social complejo, en el que interactúan diversos componentes. Si bien el fotógrafo define y articula el producto final, no solo sus intenciones son parte del proceso. En fotografía de denuncia, fotoperiodismo, e incluso fotografía documental, es decir, cuando se trabaja con personas, las expectativas de estas son un elemento – muchas veces omnipresente – en la dinámica entre fotógrafo-fotografiado. De igual forma, el público, quienes van a observar el trabajo, a los que va destinado de manera consciente ese “dar a conocer” (ya que, como veremos más adelante, tanto el fotógrafo como el fotografiado también se re-conocen) son parte de la interacción, de la acción-reacción que pretende despertar, alertar, informar, e incluso cambiar – o al menos cuestionar – conductas y realidades.

at work 547x375
Richard Avedon retratando en In The American West

En este sentido, podemos caracterizar preliminarmente la fotografía como proceso social a partir de los siguientes componentes paralelos entre sí:

El fotógrafo(a): cuenta con una carga de prejuicios que define su trabajo. Su enfoque y el resultado social de la foto tienen que ver el propósito y el tipo de fotografía (denuncia, documental, antropológica, fotoperiodismo). Se puede orientar a la denuncia ante instituciones públicas, a generar empatía y sensibilidad en la ciudadanía, a la promoción de valores, al estudio académico de sectores, grupos o conductas. Esto supone en el fotógrafo un sentido previo del por qué y para qué de la foto desde una perspectiva e incidencia colectiva en el marco de una comprensión ética y estética, que puede ser consciente o no, y define los modos de re-presentar esa realidad.

El/la/los fotografiados(as): también tienen creencias sobre la posible incidencia y alcance de la fotografía para satisfacer sus expectativas. La denuncia puede ayudar a la resolución de sus conflictos, la satisfacción de sus necesidades gracias a la presión ejercida por la difusión de “temas incómodos” para los gobiernos en medios masivos de comunicación. La colaboración por parte de particulares mediante donaciones, por ejemplo. El apoyo de ONGs, sea este material, jurídico, psicológico. La promoción del reconocimiento y tolerancia hacia grupos vulnerados o discriminados históricamente (contra la violencia de género, discriminación sexual, social, económica o política).

La foto: es el producto, es la materialización de lo objetivado, es el tercer elemento que sintetiza los objetivos y filtro cultural del fotógrafo, las expectativas del fotografiado y la reacción esperada del público en razón de los motivos que orientan el trabajo. La superficie plana que emula una parte de la realidad y que por estar orientada subjetivamente, constituye una interpretación de lo que existe.

El público/observador/sintiente: a quien va destinado preliminarmente la representación gráfica – ya que en la práctica tanto el fotógrafo(a) como los fotografiados también son espectadores -. La intención es sensibilizar a las personas, es incidir en las posturas, acciones o funciones a partir de la generación de consciencia sobre determinada situación. Estos también realizan su interpretación bajo prejuicios culturales que enmarcan sus criterios.

Todo lo captado por la cámara se objetiviza por el simple hecho de ser proyectado en una superficie espacio-temporal diferente a la real. Esto supone un proceso de desnaturalización: la realidad se recorta, se filtra, la temporalidad histórica desaparece, la imagen congela la “realidad”, la eterniza.

De esta manera estamos en presencia de una paradoja cuando consideramos que las personas, como componentes de la fotografía, también son objetivizadas. Estamos ante sujetos objetivados. ¿En qué sentido? Cuando hablamos de incidencia colectiva del contenido fotográfico, esto supone la capacidad de influir en ideas, concepciones, juicios, creencias que evidencian un conjunto de valores que filtran la percepción que tienen las personas sobre sus semejantes y la interacción con ellos. De manera que las fotografías con esta orientación revelan actitudes, sentimientos, necesidades, es decir, cualidades subjetivas de los personajes fotografiados que son maximizadas, enaltecidas, destacadas, a fin de llamar la atención. El heroísmo, la entereza, la persistencia, la entrega, la resignación, humildad, la ira, la resistencia, la humillación, la tristeza, la esperanza, son algunos de los caracteres que pretenden ser transmitidos, que buscan ser conocidos, respetados, tolerados e incluso socorridos.

Fotografía-de-guerra-Vietnam
La niña del napalm – Nick Ut (1972)

Así, la objetivación de cualidades busca plasmar, evidenciar, eternizar para cada espectador un enfoque de la realidad que invita a ser conocido, puesto que la fotografía no es la realidad en sí, sino una interpretación de la misma, principalmente del fotógrafo, y en menor medida del observador, quien puede cuestionar la perspectiva original.

Este proceso de objetivación busca ponernos frente a frente, a nosotros (lo real, el fotógrafo, fotografiado y público) respecto a la propia interpretación de ella (la foto como motivo de síntesis de esos tres momentos). Concebimos a los otros y a nosotros como “otros”, en un plano bidimensional. La percepción de “un yo fuera de sí”: los tres sujetos componentes visualizan sus prejuicios, expectativas, necesidades, conflictos. Los espectadores ven la historia, los problemas, las motivaciones, las posturas de las que son conscientes o inconscientes en su entorno cotidiano. Cada toma tanto en su proceso de conformación como en su resultado, son ocasiones para visualizar los criterios que gobiernan la toma, de allí que el fotógrafo se pueda observar a sí mismo en el desempeño de sus labores, tenga oportunidad para notar, y en consecuencia, fortalecer, cuestionar o reconsiderar, las creencias e intenciones que dan forma a su ejercicio. Los fotografiados, es quizá el sector más consciente dentro del proceso, ya que la mayoría de las veces participa con una intención clara: espera reconocimiento, apoyo, ayuda e incluso remuneración, en razón de su situación de vulnerabilidad económica, personal o social (esto en caso de ser conscientemente fotografiados).

El acto fotográfico entonces tiene el efecto de un espejo, representa una síntesis de momentos que da lugar a la autopercepción. Es una ocasión para el re-conocimiento, es decir, el “volver a conocerse” mediante la propia objetivación. La gráfica refleja 1) los marcos culturales del fotógrafo, sus prejuicios sobre la realidad 2) la situación, necesidad, sentimientos del fotografiado(a) y 3) la necesidad, carencia, vulnerabilidad, o estado de ánimo de los otros como miembros de un colectivo, del que el espectador es parte.

Buitre
El Buitre – Kevin Carter (1993)

Desde una concepción estética fácilmente podemos aseverar que la foto no es la realidad, o la altera notoriamente, (ya que la realidad no es blanca y negra, por ejemplo). Con las cualidades subjetivas, que no son verificables ni sujetas a experiencia empírica directa, el hecho de caracterizarlas como reales a través de fotos es mucho menos coherente, ya que no hay referencia en el sentido positivista del término. Sin embargo, esa carga emocional-anímica acompañada de la discusión, el texto, el testimonio, le brinda cierta certeza y sentido tangible al hecho fotográfico al generar empatía, identidad o simple interés. Sin negar que estemos ante las fotografías entendidas como interpretaciones, estas tienen la capacidad de incidir en nuestras conductas. Si la realidad objetiva no existe, lo real puede ser una interpretación más, un prejuicio en el que buscamos coincidir con el propósito de re-humanizarnos.

Referencias bibliográficas:

FLUSSER, Vilém. Hacia una filosofía de la fotografía, México: Editorial Trillas, 1990.

Edición de fotografías que acompañan el artículo: Azalia Licón.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *